Historia y Evolución del Ejército Andalusí (De Tariq a los Nazaríes)

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Historia y Evolución del Ejército Andalusí (De Tariq a los Nazaríes)

Mensaje  Donna Ysabel de Montblanc el Dom Dic 23, 2012 10:09 am

Introducción, primeros pasos en la formación del Ejército andalusí.

La llegada a la Península de ‘Abd al-Rāḥmān b. Mu’āwiya y su labor política fundacional, unida a las circunstancias anteriores, condicionó la estructura del ejército andalusí.´
‘Abd al-Rāḥmān I triunfó, aparte sus virtudes personales, por el apoyo de la clientela omeya de los sirios; pero las vicisitudes político-militares de su largo reinado le hicieron ver que sin una fuerza próxima, palatina y remunerada podía quedar a merced de los eventos. Por tanto, su ejército queda organizado en tres grupos muy desiguales en número, pero de eficacia militar en proporción inversa a la cantidad: una pequeña guardia de mando personal perfectamente organizada y remunerada; los contingentes del servicio militar obligatorio y casi permanente procedente de los distritos sirios; y, finalmente, las levas de la movilización de la población musulmana y los voluntarios que solían unirse a ellas.

Esta estructura va a perdurar hasta el fin del califato e incluso se proyectará hasta el final de la dinastía nazar de Granada; lo que irá cambiando paulatina pero decisivamente será la proporción de dicho-tres sectores del ejército.


a) El ejército profesional

A partir de al-Hakam I está documentada la organización, incremento y condición asalariada del primer y principal sector militar el ejercito profesional asalariado dotado de excelente material y de mandos competentes, Su reclutamiento sólo tenía en cuenta las cualidades militares, empezando por la lealtad; de aquí su múltiple procedencia: gallegos (todos los del noroeste de la Península), franco-(del noreste de la Península y de las Galias), eslavos (germanos y eslavos) y norteafricanos (beréberes y negros); este último grupo fue aumentando a partir del siglo IX hasta el final de la monarquía omeya. El refuerzo de la política militar durante el califato recree, fuertemente el ejército profesional con contingentes norteafricanos que en tiempos de Almanzor constituían la mayor y mejor parte de las tropas. Pero la principal reforma de Almanzor consistió en sustituir las unidades de origen ciánico por otras estrictamente militares, de tal modo que ninguna de ellas tuviese una fuerza de cohesión social tribal; de este modo se prevenían los posibles golpes militares.

Hundido el califato, los reinos de taifas mantuvieron también tropas profesionales, mayores o menores y de una u otra procedencia, según los reinos. Así es conocida la presencia de tropas profesionales cristianas en el ejército de al-Mu’tamid de Sevilla, y de beréberes en el de la Granada zīrī!, que no sólo contaba con sinhaŷíes, de cuyo grupo procedía la dinastía reinante, sino con cenetes (zanāta), aparte de la guardia palatina eslava y sudanesa. Los almorávides, tras de su triunfo inicial, organizaron militarmente a sus guerreros y recurrieron a un grupo profesional que contaba con cenetes, lamtamíes, masmudíes y ŷazūlíes, así como sudaneses y cristianos; estos últimos aumentaron considerablemente durante el reinado de ‘Alī b. Yūsuf b. Tāšufīn, colocándolos como cuadros de su ejército. De igual modo, los almohades organizaron las fuerzas iniciales de las siete tribus del alto Atlas para convertirlas en un ejército regular, contratando mercenarios árabes, cristianos y sobre todo los famosos aŷzaz turcos que habían invadido Ifrīqiya el año 568/1173 al mando de Qarākuš al-Guzzī, y que tras ser vencidos fueron incorporados como profesionales al ejército regular.

El ejército de los nasríes (nazaríes) granadinos también poseyó un núcleo profesional constituido al principio por las fuerzas de defensa fronteriza de Arjona, a la que fueron incorporando mercenarios andalusíes y, sobre todo beréberes; el cuerpo militar de los últimos, llamados guzát, fue el más importante y en él se encontraban cenetes de todas las procedencias, algunos acaso oriundos de la Granada zīri, contratados otros por los nasríes (nazaríes) desde el tiempo de Muḥammad I, magravíes, tuŷibíes, qawíes, etc. (muchos de ellos emigrados a la Península para escapar del poder marīnī) y que constituyeron el grupo de los famosos gomeres (gumāra) granadinos, así llamados porque sus antepasados residieron en los montes de Gumāra. La fuerza del ejército profesional beréber de la Granada nasrī (nazarí) y el poder de los jefes de los guzāt fueron tan eficaces para mantener las siempre amenazadas fronteras, como nefasta para la política interior del reino de Granada. Sin embargo, y pese a la importancia de este ejército profesional, los Nazaríes no se privaron tampoco de poseer una fuerza palatina de origen cristiano, bien que renegados, los mamālik, cuya fidelidad fue siempre proverbial.

b) La recluta

El tradicional sistema de reclutamiento o leva temporal también fue aplicado en al-Andalus; en el debemos distinguir dos periodos: uno comprende los siglos VIII y IX, y el segundo a partir del siglo X. En el primero la leva estaba dividida en dos colegios, por llamarlos de algún modo: el de los ŷundíes sirios y el del resto de los musulmanes; en el segundo, todos los andalusíes adultos, varones y capaces de tomar las armas formaban un único colegio militar organizado por provincias. La recluta del primer período, gracias a los ŷundíes sirios, proporcionaba tropas semi-profesionales, fuertes y eficaces, que compensaba la peor calidad del resto. Las levas del segundo período parece ser que eran insuficientes por su falta de instrucción y de mantenimiento.

La recluta se efectuaba del modo siguiente: al prepararse una campaña militar, el soberano ordenaba a todos los gobernadores provinciales que anunciasen la leva y recogieran y concentraran a los reclutas en la capital de su respectiva provincia, constituyendo un censo o nómina provincial. A continuación los contingentes eran trasladados a Córdoba donde se estructuraban las unidades; encuadradas dentro del ejército regular profesional, resultaban relativamente eficaces, pero la impresión que dan los cronistas es que eran muy peligrosos en caso de combates en los que inicialmente al menos llevasen ventaja los cristianos, pues solían retroceder y abandonar el campo, arrastrando a veces al resto del ejército. El texto de Ibn Ḥayyān sobre la derrota islámica de Alhandega parece evidente: ‘Abd al-Rāḥmān III «ordenó hacer preparativos anticipadamente, reuniendo muchísimos reclutas andalusíes [...y] apremió a los gobernadores de al-Andalus a enviarle cuantos tuvieran, reduciendo las excepciones y engrosando las expediciones [...]. Partieron así muchos, de buen o mal grado [...]. El ejército llego a las puertas de Simancas el día siguiente miércoles y presentó batalla en la mañana que siguió a la noche del jueves [...] en un violentísimo encuentro, y nuevamente al siguiente día, viernes, mostrando los musulmanes gran resistencia, pues aunque en algún momento las líneas cristianas fueron rotas, se rehicieron y los recharazon, poniéndolos en vergonzosa desbandada En la retirada, el enemigo los empujó hacia un profundo foso, que dio nombre a la batalla (Alhándega) del que no pudieron escapar, despeñándose y pisoteándose de puro hacinamiento [...] si bien los más de los muertos y cautivos fueron paisanos [reclutas] y voluntario: pues la tropa [profesional] en general escapó, cebándose la mueren los reclutas y voluntarios».

La recluta fue disminuyendo paulatinamente. Los grupos almorávides y almohades iniciales no pueden ser considerados como de recluta, sino voluntarios de ŷihād, de ahí su gran eficacia. Pero cuando los almohades procedieron a la recluta de andalusíes el resultado fue bien poco satisfactorio; después del triunfo de Alarcos, el califa almohade se quejó del poco interés de los andalusíes por la guerra. Los nasríes reclutaron sus combatientes iniciales entre los miembros de los Banū Naṣr, Banū Ašqllūla, Banū Ṣanāhid y Banū-l-Mawl; después, de cualquier lugar, pero la importancia de la contratación de tropas beréberes indica que no debieron ser nunca muchos.

c) El voluntariado

Inicialmente y como principio jurídico todo musulmán varón y capaz de llevar armas es un voluntario combatiente por la fé; pero para ello debe tratarse del ŷihād. En al-Andalus de hecho toda lucha contra los reinos cristianos fue considerada como ŷihād, se proclamase así o no; incluso Averroes llega a justificar la no realización del haŷŷ o gran peregrinación a los santos lugares de La Meca y Medina por vivir en permanente ŷihād. Por tanto, el ejército andalusí contó siempre con contingentes de voluntarios, que durante el siglo X se incorporaron junto con los reclutas al ejército, y cuyo rendimiento era irregular; al lado de heroicos luchadores por su fé, a veces casi ancianos, que combatían hasta morir, otros eran tan inútiles como los reclutas en razón de su bisoñez. Durante el califato y especialmente en tiempos de Almanzor, voluntarios norteafricanos se incorporaron a las tropas andalusíes deseosos de cumplir con el ŷihād islámico, recibiendo el nombre de ahl al-ribāt, ya que en los períodos en que no se combatía dedicaban su tiempo a la preparación militar y a los ejercicios de devoción en los refugios fortificados o rábidas (rābita) que defendían las fronteras marítimas y terrestres.

En cierto modo, los primeros fieles almorávides y almohades eran guerreros voluntarios por la fe, pero fueron encuadrados en unidades militares regulares. En el reino de Granada los voluntarios semi-mo-násticos de las rábidas fortificadas representaron un papel eficaz en la difícil defensa del territorio. Por lo común, estaban situados en los puntos críticos de las fronteras y cuando la ocasión se presentaba se adentraban veloces y escurridizos en tierras cristianas, saqueando lugares y haciendo prisioneros.

Efectivos militares

Cronistas e historiadores, cristianos o musulmanes, rivalizan a la hora de cuantificar los efectivos militares, exagerando las tropas, muertos y prisioneros ajenos, y minimizando los propios; si se recurre al sistema de calcular las tropas propias por lo que dicen sus cronistas y las ajenas por lo que afirman las de sus contrarios nos acercamos algo más a la verdad; en cuanto a las bajas, no hay sistema seguro, ya que hay cronista islámico que afirma que un poderoso ejército cristiano fue destrozado contándose una sola baja entre los musulmanes. El sistema menos malo, pero también inseguro, es recurrir a la extensión del campo de batalla y a establecer una proporción fija de bajas por el número de combatientes.

Puede admitirse que hasta el siglo XI ningún ejército indalusí superó los 30.000 hombres. Si se acepta la versión «oficializada» de la conquista de al-Andalus, los baladíes y beréberes de primera hora lucharon con 18.000 hombres; unidos a los aportados por Mūsá no superaron los 32.000. Las expediciones ultrapirenáicas se efectuaron con ejércitos de alrededor de 10.000 hombres, y menos debieron ser los utilizados en el norte de la Península. ‘Abd al-Rāḥmān I contó con los contingentes de los ŷunds sirios, por lo que sus ejércitos podían contar entre 15.000 y 18.000 hombres. En tiempos del emir Muḥammad I, los ŷundíes podían sobrepasar los 20.000 combatientes, ya que para una expedición fueron movilizados 21.000; si a ellos unimos las tropas profesionales, las levas y el voluntariado podía calcularse un máximo entre 35.000 y 40.000 hombres.

Los ejércitos andalusíes más nutridos corresponden al período del califato, pudiendo rebasar los 50.000 hombres en tiempos de ‘Abd al-Rāḥmān III y rondar los 90.000 en los días de Almanzor En el período de los taifas los ejércitos andalusíes fueron muy limitados y de creer al rey ‘Abd Allāh de Granada prácticamente inoperantes; ni los más poderosos, los Banū Zīrī de Granada y los Banū ‘Abbād de Sevilla lograron reunir más de 10.000 hombres. Recuérdese que la mesnada del Cid se hizo dueña y señora de la zona del Maestrazgo con poco más de un millar de hombres, y apenas si eran el doble cuando conquistó Valencia. La situación cambia con la llegada de los almorávides y la posterior de los almohades, pero ni en Zallāqa, ni en Uclés, ni en Alarcos, los ejércitos islámicos llegaron a los 100.000 hombres. Para rechazar las exageraciones de los historiadores, baste con señalar que un cronista musulmán dice que en el castillo de Alarcos fueron hechos prisioneros 24.000 cristianos: ni enlatados como sardinas cabían en el perímetro de dicha fortaleza. Posiblemente los 100.000 combatientes sólo fueron superados en la batalla de las Navas de Tolosa: Huici Miranda lo calculó entre 100.000 y 150.000 hombres; en la batalla del Salado el ejército marīnī debía contar con unos 60.000 combatientes. En cuanto al ejército del reino de Granada no debía superar los 15.000 ó 20.000 hombres distribuidos entre las principales ciudades del reino en los combates que tuvieron lugar los efectivos oscilaron entre los 500 y 1.500 hombres.

Organización militar

Posiblemente el dīwān de la monarquía omeya estuvo muy ligado a la contrata de soldados profesionales, paga de los reclutas y voluntarios, y gastos de las campañas. En el siglo X el dīwān formaba un registro con los emolumentos de los combatientes y en tiempos de Almanzor se extendió también a las reservas estratégicas; en el reino de Granada existió también un dīwān militar. Sin embargo, sólo los datos de los historiadores dan alguna luz sobre la organización del ejército andalusí, aunque un tanto confusa por no emplear una terminología común para designar a los mandos. Por otra parte, la organización de las unidades no eran semejantes y existían diferencias notables entre las profesionales, los ŷundíes, la recluta y el voluntariado.

Los supuestos ejércitos de Tāriq y Mūsá, el de los ŷundíes de Balŷ, los de las expediciones ultrapirenáicas y el de ‘Abd al-Rahmān I parecen operar como unidades mandadas por un jefe con el que colaboraban varios lugartenientes y que combatían al modo peculiar de los golpes de mano o expediciones tradicionales entre los árabes preislámicos y que tanto éxito tuvieron al enfrentarse con los pesados ejércitos bizantino y persa, aunque esta eficacia haya sido exagerada por la mitificación de las «gloriosas y rápidas» campañas de los primeros musulmanes. Los ŷundíes sirios de los siglos VIII y IX tenían organización propia y cada ŷund era mandado por un «general» y un cuadro de oficiales del distrinto al que pertenecía el ŷund; por el contrario el ejército profesional mercenario tenía una estructura cerrada y jerárquica. Es muy difícil aceptar literalmente el esquema organizativo del ejército descrito por Ibn Huḏayl, pero conviene citarlo, pues se parece a las pequeñas divisiones operativas o brigadas grandes de los ejércitos actuales. El ejército, bajo el mando supremo del soberano, constaba de varios cuerpos de 5.000 hombres cada uno, mandado por un amīr (general), y dividida en cinco regimientos de 1.000 hombres mandados por un qā’id (coronel). La división y los regimientos llevaba insignias: una bandera la primera y estandartes los segundos. Cada regimiento constaba de cinco compañías de 200 hombres, cada una al mando de un naqīb (capitán) que llevaba un pendón distintivo. La compañía se dividía en escuadras de ocho soldados al mando de un nāzir (sargento) que llevaba un banderín atado a su lanza.

En orden de aproximación, las unidades iban guiadas por los adalides (ad-dalīd) que eran veteranos afincados en los territorios fronterizos, buenos conocedores del terreno y experimentados en los avatares bélicos. Los informes sobre la retaguardia enemiga se obtenían por medio de espías que eran reclutados de entre los cristianos y judíos, procurando que no se conociesen entre sí para evitar el desmantelamiento del servicio cuando era capturado uno por el enemigo; sus datos eran cotejados por los funcionarios cortesanos. Los servicios auxiliares contaban con médicos, maestros armeros y trabajadores especializados que actuaban como zapadores; finalmente no faltaban poetas y predicadores que acompañaban a la tropa y que narraban las tópicas hazañas de sus antepasados y encendían la fe de los combatientes en el ŷihād.

Por lo general, las campañas organizadas y preparadas de un modo más sistemático eran las aceifas de verano; las de otoño eran menos frecuentes, más limitadas o tenían objetivos de carácter excepcional cuando no meramente políticos. Acordada la aceifa estival, se empezaba por aumentar los fondos ordinarios para el mantenimiento del ejército profesional mediante un crédito extraordinario con cargo a la imposición directa. Mientras tanto, los gobernadores de las provincias debían procurar mantener el estado de revista de las fuerzas de sus coras, revistándolas cuando menos una vez al mes y premiando o castigando a los soldados según la buena o mala conservación de su equipo y montura. Al mismo tiempo, los intendentes militares realizaban el abono de los haberes correspondientes.

Concentrado el ejército en Córdoba, el viernes que precedía al de la marcha, se entregaban las banderas, estandartes, pendones, guiones y banderines en la mezquita aljama, donde hasta entonces habían pendido de los muros; después solía haber un desfile militar que era presenciado por el pueblo. Todo esto se mantuvo hasta finales del siglo XII; después el ejército andalusí fue eminentemente defensivo.

Equipamiento

Al hablar de la artesanía metalúrgica se mencionaron las armas destinadas al ejército andalusí. Como, desde sus inicios, las tropas montadas eran las dominantes, la montura era la pieza fundamental del combatiente que debía disponer de dos semovientes: el que montaba y el caballo o muía del escudero. Los caballos eran de raza andaluza o norteafricana; las sillas, a la andaluza o a la magrebí. esta última tenía la presilla y el borren más cortos que la primera y su empleo se generalizó por el aumento de los soldados beréberes durante el gobierno de Almanzor. En el segundo caballo, o en la muía auxiliar, se cargaban las armas defensivas, los proyectiles y una tienda de campaña para el caballero y el escudero. En tiempos de Almanzor se utilizaron camellos para el transporte del material pesado.

El jinete iba armado de lanza y hacha de arzón; el escudero, y por extensión las fuerzas de infantería cuando las hubo, llevaba pica y maza; posiblemente unos y otros llevaban espadas y dagas. La infantería propiamente dicha empezó utilizando jabalinas, luego el arco árabe y a partir del siglo XI el arco de a pie o ballesta que se tensaba con ambos pies. Como protección se usaban lorigas y cotas de mallas y rara vez corseletes; la cabeza se protegía con el almófar o con casquete metálico, y también solían protegerse los brazos y las piernas. Los escudos de los jinetes eran broqueles o adargas de cuero; los infantes utilizaban escudos de madera chapados de metal y con salientes también metálicos. Este armamento con sus naturales modificaciones se mantuvo hasta el siglo XIII, siendo en gran parte similar al cristiano y advirtiéndose la influencia de éste a partir del siglo XII. El armamento del ejército nasrī es mejor conocido en sus detalles por los documentos gráficos y armas conservadas, pero el sistema no se alteró demasiado: el jinete llevaba la lanza larga en la mano derecha y en la izquierda la rodela, la espada en el cinto o en la silla; así nada tenía que envidiar en cuanto a pesadez a sus contrarios cristianos. De aquí la eficacia de los jinetes beréberes armados de lanzas ligeras y de alfanjes cortantes cuyo ataque era eficaz y su mayor defensa, poder revolverse y escapar rápidamente. La infantería nasrī utilizaba el arco franco o ballesta, aparte del tradicional ligero, y su eficacia fue grande en cuanto la mayor parte de los combates de los siglos XIV y XV fueron defensivos. Pero fue la monta rápida y ligera al estilo beréber lo que introdujo los mayores cambios en el armamento nasrī primero y en el cristiano después: arcos ligeros, lanza más corta y poco pesada, espada corta, delgada y afilada, puñales de orejas y adarga de cuero. Contra este equipamiento resultaba ineficaz la caballería acorazada y pesada; así que los cristianos aprendieron a montar a la jineta, con estribos altos, y aplicaron en las futuras campañas de Italia las eficaces técnicas de las cargas de la caballería ligera.

Naturalmente el ejército andalusí, y muy especialmente el de la Granada nazarí, dispuso de armamento de paseo o gala, con escudos pesados o recargados de apliques metálicos, espadas largas de ricas empuñaduras, y puñales y dagas recargados de adornos, y es natural que este armamento aparezca en las reproducciones y de él nos han quedado piezas valiosas, pero más propias del ornato belicoso que de la lucha guerrera.

Sistemas estratégicos

Los guerreros supuestos invasores de la península Ibérica carecían de una planificación estratégica inicial, aplicando la táctica árabe del combate en campo abierto; y ante el éxito inicial frente al ejército hispano-visigodo de Don Rodrigo, Tāriq habría improvisado un plan estratégico consistente en ocupar rápidamente la capital del reino, Toledo, y desarticular un posible reagrupamiento del enemigo. Mūsá habría completado dicho plan avanzando por el flanco izquierdo de la penetración central de Tāriq; reunidos en Toledo, repitieron la maniobra en los valles del Ebro y luego del Duero; ‘Abd al-’Azīz habría cubierto el flanco sur y sus sucesores repitieron las maniobras en el flanco norte, penetrando en las antiguas Galias y llegando al corazón de las tierras de Francia. Esta estrategia global repetía una y otra vez la empleada por los primeros musulmanes en Oriente: pero o se agotó tras de la derrota cerca de Poitiers el 114/734, o se trataba de un clisé «oficializado»; cuando menos parece evidente que las narraciones recogidas por los cronistas, al ser muy posteriores a los hechos, convierten en sabios planes estratégicos lo que acaso no fue más allá de algaras que no encontraron resistencia y de expediciones afortunadas.

Una serie de circunstancias geográficas, políticas y militares, que se enunciaron en su lugar, impidieron la formación de una barrera defensiva al norte de los Pirineos. La estrategia de la zona fronteriza elástica que hiciese de colchón amortiguador había sido impuesta por los romanos en el limes con el impero persa arsácida primero y el sasánida después; los bizantinos, herederos de los romanos mantuvieron igual estrategia. Incluso las batallas en campo abierto de ejércitos lentos y pesados eran como hacer avanzar o retroceder uno de los puntos fortificados situados en el colchón fronterizo; losresultados solían ser mediocres y las victorias pírricas. Si los combatientes del 711 hubieran tenido una media de 25 años de edad, en 732 tenían casi el doble de dicha edad; 46 años, y aunque las bajarse hubieran ido reponiendo con gente más joven, acontecimientos posteriores demostraron que su fuerza militar no era mucha, ya que para vencer el levantamiento beréber peninsular debieron traer a las sitiadas tropas sirias de Balŷ b. Bišr. Por tanto, queriendo o sin querer, la zona de la frontera elástica fue un hecho, y su amplitud y falta de ajuste en el oeste resultaría fatal para la estrategia defensivo posterior.

La elevada latitud de la frontera superior, casi pegada a los Pirineos, fue posible por tres principales motivos: el remonte este — oeste; del río Ebro, la casi absoluta autonomía de la familia Banū Qāsl acaso, en lo que se refiere a la parte más oriental, a la supervivencia de una posible línea de defensa de origen romano frente a vascones y cántabros. La baja latitud de la frontera inferior se produjo por el abandono de las tierras gallego-leonesas por los beréberes; y la frontera media no fue otra cosa que el modo de enlazar una y otra desde el apoyo principal de Toledo. Sobre las ventajas e inconvenientes de estas soluciones, acaso no buscadas, pero que acabaron por imponerse, hemos opinado antes.

A partir del año 121/739, los andalusíes de la península se encontraron con la horma de su zapato: la algara (algara) que ellos bien conocían, pero que no esperaban de sus vencidos enemigos. Alfonso I, rey de Asturias (739-757) utilizó estas expediciones de pocos y bien armados guerreros, mandados por el propio rey, confiados en el abastecimiento y aún ayuda de los cristianos que permanecían en el valle del Duero, así podían penetrar mucho, destruir las guarniciones islámicas que encontraban, arrasar las defensas de las ciudades y las cosechas, llevarse el ganado y recoger a los grupos cristianos más inclinados a la resistencia. Aquello les pareció más un trabajo de bandidos cuatreros que unas operaciones militares, y así lo reflejan las crónicas. Como la retaguardia y el refugio de las huestes cristianas estaba limitado a las partes montañosas del oeste de Cantabria y este de Asturias, y el ejército andalusí no contaba con fuerza suficiente para mantener posiciones al norte del sistema Central, en el valle del Tormes y del Duero y en la ladera sur de la cordillera Cantábrica, el camino más corto y seguro hacia la zona de seguridad cristiana era río Ebro arriba, lo que sólo era factible con la tolerancia y ayuda de los Banū Qāsī.

Si en realidad ‘Abd al-Rāḥmān I no hubiera tenido que empezar sustituyendo la ocupación por conquista, acaso hubiera podido imponer otro giro a la futura estrategia, pero hubo de limitarse a reconocer el sistema de frontera. El vacío abutahiristrativo, que no humano, dejado entre la cordillera Cantábrica y el sistema Central fue siendo ocupado lenta y eficazmente por los régulos asturianos que alrededor del 183/800 empiezan a repoblar Galicia; León sería repoblado el año 241/856, y ya en los confines del siglo X (779/893) Zamora. La primera fitna o división, y el hecho de que los cristianos no inquietasen la vertebración de la frontera, hizo que la nueva estrategia no se plantease hasta el reinado de ‘Abd al-Rāḥmān III.
Nunca sabremos si este monarca pensó en volver a recluir a los cristianos en sus refugios astur-cantábricos, pues los encontró bien asentados en la línea del Duero desde Porto a Simancas y con una cabeza de puente al sur del Duero, en Coimbra; pero, tanto por los preparativos y gran recluta de combatientes, como por la ruta elegida, la aceifa del 327/939 iba dirigida a acabar con la línea cristiana del Duero, golpeándola en su centro: la confluencia con el Pisuerga. Para ello asciende directamente desde Toledo hasta el Guadarrama, atravesando el puerto de Tablada, según el relato de ‘Isa b. Aḥmad al-Rāzī; ya en la provincia de Segovia, seguramente casi en el límite con la de Valladolid y siguiendo la dirección del río Eresma, encontró lugares habitados por cristianos que saqueó y destruyó, pasando a la zona del río Cega. La derrota de Alhandega frente a Simancas acabó con las intenciones del califa, fueran las que fuesen, y no se atrevió a regresar por la misma ruta, ni a remontar el Duero hasta Gormaz. sino que por Riaza y Atienza buscó el Arrecife, poco menos que a campo a través, pues «encontró un jaral impenetrable» que la palaciega versión de la victoria traslada a Alhandega, cuando marchando de Roa a San Martín de Rubiales y siguiendo a Riaza y Atienza. difícilmente se puede llegar a Simancas, dejada un centenar de kilómetros atrás.

La estrategia califal consistirá, pues, en mantener intacta la articulación de la frontera, para lo cual se defenderá a ultranza la zona de la Rioja y de la Ribera de Navarra, la línea del Duero en el tramo Soria, Almazán, Osma, Gormaz, y la cabecera directiva de Medinaceli; desde dichos puntos se lanzarán las aceifas. Sólo Almanzor modificó esta estrategia por razones de prestigio político, lanzando aceifas que llegasen al corazón de los reinos cristianos, para que todos supiesen que "los caballos de los jinetes del Islam habían pisado" las calles de Barcelona, capital de la Marca Hispánica, de León capital del más importante de los reinos cristianos y de Santiago de Compostela, capital espiritual de la cristiandad de Occidente.

A partir de la conquista de Toledo por Alfonso VI la estrategia andalusí fue principalmente conservadora; los almorávides y los almohades sólo in extremis organizan expediciones meramente táctica ni en Zalláqa, ni en Uclés, ni en Alarcos explotan el resultad: favorable de las batallas. El hueco de Toledo forma una bolsa luego englobará a Calatrava y que será una lanza dirigida al corazón de la actual Andalucía. La derrota de las Navas de Tolosa acaba de hecho con las posibilidades de cualquier estrategia y la viabilidad política de al-Andalus. Las razones de la supervivencia del rey nasrl de Granada se explicaron en su lugar; ya sólo cabe mantener mediante una brillante táctica, y fue lo que hicieron los granadinos. hasta el final.

Táctica militares

Las tácticas de combate de las tropas andalusíes son conocidas. Podemos dividirlas en tres tipos genéricos de acciones bélicas: expediciones ofensivas, batallas en campo abierto y asedio, y defensa de fortalezas. Las primeras están formadas por las aceifas y las algaras; las aceifas son operaciones ofensivas de amplio objetivo que buscaban: 1.° la retirada del enemigo a sus bases de retaguardia, 2.° la destrucción o debilitamiento de las que presentan batalla, 3.° la ruina de las fortificaciones, haciendas y cosechas, y 4.° la captura de grano, ganado y prisioneros. En la mayor parte de los casos, los objetivos primero, tercero y cuarto se conseguían; en pocas, el segundo, y en algunos, como en Alhandega, los vencidos fueron los andalusíes. Las algaras tenían objetivos concretos y limitados a los puntos tercero y cuarto; en dicha táctica los musulmanes fueron diestros hasta el final, incluso en el inicio de la guerra de Granada; pero también lo fueron los cristianos, ya que en este tipo de táctica las ventajas están siempre de parte del que inicia el golpe de mano.

a) Batallas en línea o en campo abierto

Si se acepta la versión «oficializada» el ejército invasor en la península Ibérica se habría estrenado con una gran batalla lineal en campo abierto. Don Rodrigo habría cometido los mismos errores de los bizantinos y los persas, y fueron las rápidas alas de la caballería ligera árabe las que decidieron la batalla; rota la línea enemiga, el combate estaba decidido, y la caballería pesada podía ser exterminada a placer; pero esta táctica no valía con las partidas, más que ejércitos, de la resistencia cristiana. Salvo el encuentro conocido como batalla de Poitiers, que fue adverso para las tropas invasoras, las batallas en línea no fueron muy numerosas, pues otras que se presentan como tales, Albenda por ejemplo, pertenecen al sistema de sitio y defensa. Sí fueron lineales las batallas de la Marcuerna (250/865) favorable a los andalusíes, la de Polvararia-Valdemora (264/878) en la que venció Alfonso II de León, la de Valdejunquera (264/878) en la que venció ‘Abd al-Rāḥmān III y la de Simancas-Alhandega en que fue completamente derrotado. Almanzor buscó repetidamente la batalla en campo abierto, lo consiguió en San Vicente de Atienza (julio del 981), en Rueda (agosto del 981), lo que le permitió ocupar Simancas, y en Peña Cervera, mal llamada de Catalañazor (julio del 1000), cuyo resultado no fue tan brillante como los anteriores, y de ahí surgió la leyenda de la derrota en Catalañazor.

Sin embargo, las mayores batallas en línea corresponden a los períodos almorávide y almohade: Zallāqa o Sagrajas (478/1086), Uclés (501/1108) y Alarcos (591/1195), todas ellas favorables a los musulmanes, pero sin consecuencias estratégicas al no explotarse suficientemente el triunfo. En la más famosa de las batallas en línea, la llamada de las Navas de Tolosa (muharram 608/16 julio 1212), la línea almohade debió estar formada desde el día 12 cuando menos, la cristiana se colocó en posición la víspera del 16; la derrota almohade fue total, y la suerte de al-Andalus quedó decidida. También fue de este tipo la batalla del Salado (7 ŷumāda I del 741/30 de octubre de 1340). Abū Bakr al-Turtūšī ha descrito la táctica genérica de los combates en línea de los andalusíes: «hay una excelente táctica que observamos en nuestro país, y es la más eficaz de cuantas hemos puesto en práctica en la lucha con nuestros enemigos: consiste en poner en primer término a la infantería, con escudos grandes, lanzas largas y venablos afilados y penetrantes; formada en filas, ocupaban sus puestos tras haber clavado en el suelo y a espaldas de ellos las lanzas con las puntas afiladas hacia el enemigo; hincaban la rodilla izquierda en tierra, adelantándoseles los [arqueros] cuyas flechas pueden transpasar las cotas de malla, y situándose detrás la caballería. Cuando los cristianos cargaban contra los musulmanes, la infantería permanecía inmóvil en la posición que tenía, sin que ninguno se pusiese de pie. Así, cuando el enemigo se acercaba, los arqueros lanzan sus flechas contra él y la infantería los venablos, recibiendo las puntas de las lanzas a los que [conseguían aproximarse]. Después, giraban a izquierda [unos] y a derecha [otros] para que saliese la caballería musulmana por entre los arqueros y la infantería, consiguiéndose así contra el enemigo todo cuanto Dios quiere».

El mejor empleo de referida táctica es el de la batalla de Zallāqa El ejército de Alfonso VI estableció su línea casi a una legua del ejército almorávide; sin intentar una aproximación previa, cargó con la caballería pesada desde distancia, pese a lo cual lograron romper las primeras líneas musulmanas. Sin embargo, la segunda línea, en la que al parecer estaban situadas las mejores tropas almorávides, resistió y se mantuvo firme; esta línea era doble: la delantera estaba armada de lanzas largas para contener a los que llegaban hasta ella, la- trasera estaba formada por la infantería armada de venablos que lanzaban con buena puntería y abundantemente, ya que cada soldado disponía de varios. Mientras esta segunda línea resistía y los atacantes cristianos, cansados por la carrera, el peso de sus defensas y la lucha, no conseguían romperla, Yūsuf b. Tāšufīn desplegó la caballería por las dos alas y tomó al asalto la línea de retaguardia cristiana, obligando a ésta a ceder, teniendo el ejército cristiano que retirarse abriéndose paso por entre los atacantes musulmanes, sufriendo numerosas bajas, ya que hasta Alfonso VI resultó herido en el combate.

b) Batallas de asedio y defensa

Las batallas de asedio o defensa de recintos fortificados fueror muy numerosas; en general, resultaban más favorables a los defensores que a los atacantes, salvo en los largos sitios por hambre. Las fuerzas atacantes solían combatir al enemigo ante los muros de la fortaleza; pero pocas veces el triunfo en este combate era suficiente para rendir la plaza, ya que el ejército defensor solía abandonar la lucha en campo abierto en cuanto veía que llevaba las de perder y se refugiaba en la fortaleza, en cuyo caso el atacante tenía que tomar la plaza al asalto. Si la guarnición era suficiente, las defensas importantes y estaba asegurado el abastecimiento de agua y víveres, los asaltos se hacían difíciles y el asedio prolongado. La táctica común, por lo general, a cristianos y musulmanes era la siguiente: por parte de los atacantes, intentar incendiar una puerta o abrir una brecha en los muros; para ello disponían de castilletes de madera colocados sobre carretas, de largas escalas, arietes y almajaneques que lanzaban piedras y proyectiles incendiarios. Según Ibn al-Jaṭīb, los granadinos emplearon por vez primera durante el cerco de Huáscar, en el reinado de Ismā’-íl I, un ingenio que lanzaba bolas al rojo vivo. Pocos años después, en el sitio de Algeciras, los sitiados se defendieron de los atacantes cristianos mediante truenos que lanzaban gruesos dardos y balas de hierro pesadas.

Salvo este último caso, del que no cabe decir que inició el uso de la moderna artillería (no se sabe si el artificio lanzador era cañón o catapulta), la táctica de los sitiados era la de retrasar lo más posible el asalto de los atacantes causándoles el mayor daño posible. Para ello derribaban previamente cualquier tipo de construcción situado fuera de la fortaleza, tapiaban con sillería las puertas del recinto, salvo aquella o aquellas que reservaban para las salidas, se recrecían las obras de defensa y se preparaban las superestructuras para los arqueros y demás defensores. Cuando los sitiadores estaban a tiro, los recibían con una lluvia de flechas y venablos, y si llegaban al pie de los muros, desde arriba se les arrojaba de todo: desde piedras a estopa encendida y aceite hirviendo. Cuando los asaltantes se retiraban, se abrían las puertas y la caballería se lanzaba sobre ellos, replegándose en cuanto el enemigo se reorganizaba. Si los sitiadores no tenían sus bases cerca o si acudían fuerzas en auxilio de los sitiados, el asedio tenía que ser levantado; si no era así, los atacantes recurrirían al inevitablemente lento deterioro de las defensas, al intento de entrar subrepticiamente mediante túneles excavados bajo los muros, y a cortar los suministros de agua y víveres, como sucedió en el asedio de Ronda y en el sitio de Baza.
En esta última ciudad las tropas de los Reyes Católicos destruyeron la vega, cortaron el abastecimiento de agua y talaron el bosque de gruesos árboles cercano a la ciudad. Aún así, en la guerra de Granada, y pese a la desproporción de fuerzas, fue el empleo de la artillería castellana la que acabó con la resistencia de las fortalezas nazaríes.

Defensa pasiva

Al-Andalus heredó casi intacto el sistema defensivo pasivo del período hispano-visigodo que sustancialmente era el romano del Bajo imperio. Si damos fe a los cronistas, las obras de fábrica de las vías romanas y las defensivas de las ciudades estaban muy descuidadas, y las primeras obras musulmanas que se nos describen son reparaciones de puentes y murallas. Creado el sistema de frontera, con su característico sesgo, los musulmanes andalusíes tienen que completar la línea defensiva al norte del Ebro y del Tajo, y crear una nueva línea desde el sistema Central al Ibérico. Al convertirse el Arrecife, que iba desde Algeciras a Zaragoza, pasando por Córdoba y Toledo, en la principal vía de comunicación de al-Andalus, dicha ruta también debió quedar suficientemente protegida; y como el desierto «abutahiristrativo» del Duero servía de amplio campo para las infiltraciones cristianas, fue necesario cerrar el paso a la frontera media mediante la fortificación del alto Duero. Después, a partir de la conquista de Toledo por Alfonso VI (1085), al-Andalus tiene que fortificar el valle del Guadiana, los accesos a Sierra Morena, el este del macizo subibérico y los accesos a los valles del Mijares, Palencia y Turia; hasta los valles del Júcar y Segura se vieron amenazados. Luego vendrá la hora de la defensa del valle de Guadalquivir y al final la del abrupto y montuoso reino de Granada. Así, numerosos lugares españoles llevan el título de alcalá (al-qal’a) o incluyen las sílabas cala en su nombre, como Calatayud (Qal’at Ayyūb), se llaman Rábida y aún Rábita, o cuentan con atalayas (at-talī’a), ésto por no citar los cientos de recintos o castillos total o parcialmente construidos durante el período andalusí.

Aparte de reparaciones y ampliaciones de recintos amurallados anteriores, el apoyo sistemático al Arrecife debe situarse en tiempos del emir Muhammad I (238/812-273/886) que refuerza la línea central con la construcción de varias fortalezas entre Toledo y Alcalá de Henares, entre ellas las de Madrid, Buitrago y Talamanca. Superada la primera gran fitna, ‘Abd al-Rahmān III tapona el boquete del Duero mediante el refuerzo de las fortalezas de Atienza, Medinaceli. Almazán, Berlanga y Osma y la construcción del impresionante castillo de Gormaz, cuyo trazado seguro y armonioso se adapta perfectamente a las condiciones naturales del terreno y a las necesidades estratégicas; en éste, como en otros casos, musulmanes o cristianos, parece como si fueran las necesidades del paisaje las que condujeron a su construcción, tanta es su naturalidad, pero no fue menor su eficacia. También se reforzó durante el período califal la avanzadilla oeste de la línea del Ebro; y aunque los restos del castillo de Tudela han sido muy maltratados, aún impresiona desde arriba la vista del Ebro y la protección dada al puente sobre dicho río. Por otro lado, la seguridad del camino de Córdoba a Toledo condujo a la construcción de la gran fortaleza de Calatrava(1).

Los reinos de taifas aumentaron el sistema defensivo de acuerdo con sus necesidades y, a veces, más frente a los taifas vecinos que contra el enemigo cristiano. Pero el tercer período de grandes obras defensivas corresponde a la monarquía almohade. Entre los consejos que Averroes el abuelo dió a la corte almorávide de Marrākuš figuraba la restauración de las defensas de las ciudades andalusíes que estaban abandonadas; algo pudieron hacer los almorávides en cuanto está probado que atendieron los consejos del cadí cordobés; pero fueron los almohades los que reconstruyeron los recintos defensivos de casi todas las ciudades principales de la parte andalusí de su imperio con castillos tan impresionantes como el de Alcalá de Guadaira. El cuarto y último sistema defensivo fue el del reino de Granada que se apoyaba en la serie de arcos montañosos casi paralelos que van desde el gozne penibético de las sierras de Segura y Cazorla hasta Gibraltar, con montañas interiores tan importantes como la Sagra, Sierra de Baza, Sierra Nevada, montes de Málaga, serranía de Ronda, etc. Las defensas de Mojacar, Vera, Albox, Huáscar, Baza, Guadix, Alcalá la Real, Archidona, Antequera, Guacin, Ronda, Olvera, Zahara, Teba, etc., formaban una barrera de protección para Almería, Granada y Málaga. Para defender mejor los accesos a Granada existían fortalezas en Alhama de Granada, Loja, Illora (Torres de Yesos), Modín, etc.; y ya dentro de la Vega aparecía un circuito de atalayas, como las de La Malaha, Alhendín, Huécar y Romilla (2). Las alcazabas de Almería y Málaga, restauradas por L. Torres Balbás, o la de la Alhambra, dan idea de lo que eran estas obras de defensa.

Defensa de las costas y armada

Desconocemos el sistema defensivo marítimo del reino hispanovisigodo; si fuese cierto que durante el reinado de Wamba hubo un intento de desembarco islámico que fue rechazado en el mar, nada sabemos de cómo lo fue, ni del porqué de la falta de resistencia marítima posterior. Por el contrario, las actividades marineras andalusíes están documentadas desde finales del siglo VIII y las marítimo militares desde el traslado de los sirios de Balŷ de Ceuta a Algeciras (123/741). En ese mismo siglo los andalusíes se atrevieron con incursiones de piratería en Mallorca y Menorca (181/798) y en las costas narbonenses y septimanas, llegando incluso a Italia.

En 196/812, andalusíes y tunecinos piratearon Córcega y Cerdeña; el 215/831 marineros andalusíes se unieron a los aglabíes que se apoderaron de Palermo (Sicilia); otros aparecen en Marsella o se adentran en el Ródano. Pero la armada andalusí anterior al 229/844 parece un tanto irregular, más corsaria y pirata que omeya y organizada.
Fue la invasión normanda de los Maŷūs la que obligó a ‘Abd al-Rāḥmān II a construir una armada y a mejorar el sistema pasivo de defensa.

Al-Andalus poseía puertos y fondeaderos abundantes según las relaciones de geógrafos e historiadores: Alcacer do Sal, Lisboa, Silves, Sevilla, Tarifa, Algeciras, Gibraltar, Marbella, Fuengirola. Málaga, Almuñecar, Almería, Cartagena, Alicante, Denia, Tortosa. Tarragona, no citándose el de Cádiz; en cambio al-Hinyarī cita diez fondeaderos sólo en Ibiza. En Alcacer do Sal, Silves, Sevilla, Algeciras. Málaga, Alicante, Denia y Tortosa había atarazanas (arsenales). Sin una eficaz defensa, los puertos y atarazanas podían ser destruidos, y por ello los puertos citados disponían de sistemas amurallados y de castillos como los aún conservados de Tarifa, Gibraltar, Málaga. Almuñecar, Almería y Denia. La vista del puerto de Málaga desde Gibralfaro o la de Almería desde su castillo permiten hacerse una idea de su valor defensivo. De puerto a puerto una estratégica red de atalayas permitía la transmisión de mensajes y el rápido anuncio de la amenaza enemiga. Habida cuenta del auge de los corsarios cristianos durante los siglos XIV y XV, Yūsuf I reforzó las defensas de las costas, construyendo cuarenta atalayas desde Vera a Gibraltar. algunas de las cuales se conservan aún y llevan, por lo general, el nombre de torres (Torre Bermeja, Torre de Ladrones, Torre del Duque, etc.). El sistema fue dañado durante las campañas de la guerra de Granada; poco después fue restaurado por los Reyes Católicos y más tarde por Carlos V para defender las costas de las incursiones de los famosos piratas berberiscos.

El sistema estaba completado por las rábidas litorales, tan abundantes que algunas ciudades costeras de Tarragona, Granada y Huelva conservan dicho nombre; en un caso, la Rábita de Albuñol, se ha conservado el nombre árabe sin cambio fonético. De otras rábidas, como la de Cabo de Gata, los historiadores nos han dejado su descripción También existían rábidas hoy desaparecidas en Almuñecar y Torrox y excavaciones recientes han puesto al descubierto las ruinas de otra en el bajo Segura.

La escuadra omeya organizada por ‘Abd al-Rāḥmān II resultó eficaz para la defensa marítima, pero no para operaciones militares ofensivas; mientras las incursiones de los normandos fueron evitadas, cuando Muḥammad I el 266/879 envió sus barcos a las costas gallegas para atacar la retaguardia cristiana, los temporales atlánticos acabaron con gran parte de ellos. ‘Abd al-Rāḥmān III que había utilizado su flota para impedir el avituallamiento por mar de ‘Umar b. Hafsūn, la reforzó extraordinariamente, tanto como precaución ante el poderío de la armada fātimī de Túnez, como por las necesidades de su política norteafricana; gracias a este refuerzo logró apoderarse de Melilla y Ceuta.

La armada califal, si bien no llegaba a las 200 unidades citadas por Ibn Jaldūn, al menos tenía unas 120 naves, según el testimonio de Ibn Ḥayyān: «En este año [319/931, 'Abd al-Rahmān III] al-Nāsir mandó la escuadra completa y perfectamente equipada a la costa africana, siendo la mayor que nunca armara rey, ni viera, ni hiciera depositaría de su empeño por sus muchas y bien provistas unidades, tripuladas con abundancia, lo que hizo que las gentes de la costa hablasen mucho de ellas y las temiesen. Las unidades llegaban a las 120, incluidas naves de transporte y servicio y los pataches; las tripulaciones alcanzaban los 7.000 hombres, de los cuales 5.000 eran marineros y 1.000 profesionales».
Esta flota se empleó en operaciones militares en el norte de Africa. Dos años después se encargó a Aḥmad b. ‘Isa b. Aḥmad b. Abī ‘Abda, gobernador de la cora de Granada, que reparase la flota que se encontraba en las atarazanas de Almería; «reparándola, aumentándola y equipándola con todo lo necesario [...] a la perfección tan pronto como llegó a Almería». Tras dicha reparación, la armada actuó en la Marca Hispánica, Ceuta y Mallorca. En el año 223/935 «la escuadra atacó el país franco [...] con cuarenta unidades: 20 brulotes con fuego griego y aparejo marino, y 20 con soldados en número de 1.000 infantes de marina y 2.000 marinos que partieron de Almería en raŷab de dicho año [6 junio a 5 julio 935], comenzando [...] por visitar la isla musulmana de Mallorca donde acabó de completar los preparativos; después se hizo a la mar [...] llegando al país franco el lunes a fines de raŷab [4 de julio]». Atacaron a los francos, venciéndolos, causándoles bajas numerosas y quemando sus naves. Seguramente llegaron a los alrededores de Marsella, descendiendo después hacía el golfo de León y refugiándose en el de Rosas, para después descender hasta Barcelona (15 de julio) y acabando por regresar a Tortosa. También relata Ibn Ḥayyān otra campaña en la costa norteafricana desde Ceuta a Melilla y Nador con una armada de 40 naves, 3.000 marineros y 5.000 soldados profesionales.

Los cronistas refieren que al-Hakam II aumentó la flota califal, lo que debió inducir a Ibn al-Jaṭīb a elevar el número de naves a 300, lo que parece exagerado. Mayor interés tienen los datos sobre el mando de la escuadra y el gobierno de las naves. El almirante en jefe solía ser un gobernador de provincia, como el antes citado Ibn Abī ‘Abda que lo fue de Granada o ‘Abd al-Malik b. Sa’īd b. Abī Hamāma que dirigió la expedición contra los francos, o Ibn Rumāhis gobernador de Granada y Almería en tiempos de al-Ḥakam II e Hišām II. Cada navío llevaba un coronel o alcalde (al-qā’id) que mandaba las fuerzas militares, cuidaba del buen estado del armamento y dirigía las operaciones de combate, y un capitán de navio o arráez (ar-ra’īs) que gobernaba las maniobras de la nave.

En tiempo de los reinos de taifas, el soberano de Denia, Muŷāhid. poseyó una flota que se dice contaba de 120 navios con la que llegó a apoderarse de Cerdeña. Al-Mu’tamid poseía unas cuantas naves fondeadas en el Guadalquivir que fueron incendiadas por los almorávides durante el sitio de Sevilla. La escuadra almohade estuvo mandada por ‘Abd Allāh b. Sulaymān que realizó una operación de desembarco en Almería entre el 543/1148 y el 546/1151, y que después intervino en la maniobra anfibia para conquistar dicha ciudad: el 557/1162 los almohades armaron 80 navios en al-Andalus. Sin embargo, el poderío marítimo estaba pasando a manos cristianas y sólo por el dominio terrestre de la región del Estrecho pudieron seguir controlando el paso de éste.

La flota nazarí fue muy limitada, Muḥammad II armó en Almería. Almuñecar y Málaga 12 navios que se unieron a la escuadra marīnī (benimerina) para intentar romper el bloqueo del estrecho en julio de 1279.
A partir de este momento reforzaron su flota; pero desde el comienzo del siglo XIV la frase de Ibn Jaldūn de que en los tiempos califales «los cristianos no podían siquiera-hacer flotar una tabla», podía aplicarse a los andalusíes. La flota marīnī (benimarina) mandada por un experto almirante, Muḥammad al-’Azafī, logró derrotar a la castellana frente a las costas de Algeciras; durante siete meses los Benimerines controlaron el estrecho. Pero la derrota del Salado hizo inútil tal esfuerzo. La escuadra nazarí resultó diezmada cuando se unió a la benimerí, tanto el 1342, como el 1344.
Muḥammad V tenía una flota en Almería y otra en Almuñecar, cada una con su respectivo almirante; pero cuando ayudó a Don Pedro I de Castilla, lo hizo con sólo tres naves.
En el tratado entre el rey granadino y Don Pedro IV de Aragón, acordado el 29 de mayo de 1377 el aragonés se comprometía a suministrar al granadino cuatro o cinco; naves con treinta ballesteros y doscientos combatientes.
Por último durante la guerra de Granada, la flota aragonesa bloqueó totalmente el litoral del reino de Granada desde 1482 y cercó a Málaga e1487, sin que los nazaríes pudieran hacer nada para romper el bloqueo.

Balance militar

Conviene distinguir tres períodos cronológicos para analizar el balance militar: el primero va desde el 711 al final del califato, 1009; el segundo corresponde del 1009 al 1196; y el tercero llega hasta el final del reino de Granada.
En el primer período el balance militar fue favorable al Islam andalusí de un modo universal, reflejado en el número de bajas, cuantía del botín y dominio del territorio; en el segundo, el balance de los combates es favorable a los musulmanes en lo que se refiere a batallas en línea, pues triunfaron en Zallāqa, Uclés y Alarcos, y probablemente en el número de bajas, pero resultó desfavorable militarmente en cuanto al dominio de territorio; en fin, en el tercer período, el balance militar fue universal y definitivamente favorable a los reinos cristianos que causaron numerosas bajas, cobraron importantes botines y acabaron por hacer desaparecer el poder islámico en la península Ibérica, pese a que, a partir de la segunda mitad del siglo XIII, renunciaron a explotar su ventaja estratégica, permitiendo que el reino de Granada prolongase su vida durante casi doscientos cincuenta años.

La explicación de porqué el Islam andalusí no consiguió entre el 711 y el 1009 lo que a la postre lograron los reinos cristianos en 1492: borrar del mapa a los contrarios, no corresponde a la política militar, sino a la misma esencia de lo que fue al-Andalus.
Sí debe preguntarse por la razón que impidió al Islam andalusí desde ‘Abd al-Rāḥmān III a Almanzor explotar suficientemente sus triunfos bélicos, la respuesta militar parece evidente: la falta de reservas. Los ejércitos andalusíes superaron a los cristianos en el número de combatientes, pero el empleo total de las fuerzas impedía una colonización progresiva que sólo hubiera sido posible si los objetivos hubiesen sido limitados y progresivos. Si la avanzada de la frontera superior al norte y oeste del Ebro pudo mantenerse durante varios siglos, se debió a haberse cumplido la anterior condición; y algo semejante ocurrió en la línea del Duero durante el califato. Pero el sistema de aceifas, pese a sus apariencias ofensivas, tenía un profundo sentido defensivo: se causaban bajas, se destruían viviendas y cosechas y se capturaba botín, pero los limitados y precarios avances cristianos se consolidaban tras la retirada.
Durante todo el siglo VIII los cristianos occidentales sólo construyen o consolidan una ciudad importante, Oviedo; pero en el siglo IX son ocho: Lugo, Santiago, Braga, Astorga, Zamora, Simancas, León y Burgos; los orientales conquistan y aseguran la «Catalunya vella». Cuando ‘Abd al-Rāḥmān III comprendió que era necesario contener a los astur-leoneses en la línea del Duero, fracasó ante Simancas; y la imponente fortaleza de Gormaz fue eminentemente defensiva. Almanzor dejó guarniciones en Simancas y Zamora, pero acaso solamente para proteger su retirada. Sus últimas y sonadas aceifas tenían una intención meramente política: humillar a los cristianos al haber logrado pisar las calles de León, Santiago, Barcelona y Pamplona, y con ello mostrar su poder a los andalusíes, pero no quitó definitivamente ni un palmo de terreno a los reinos cristianos.

En el segundo período, almorávides y almohades repiten los errores anteriores: después de Zallāqa, Uclés y Alarcos se contentan con ver contenidos a los cristianos; nunca emprendieron una operación estratégica dirigida a conquistar Toledo y reconstruir la frontera: pese al dominio numérico, nunca dispusieron de reservas para consolidar las zonas conquistadas. Los cronistas musulmanes se hacen lenguas de las bajas causadas a los cristianos y del botín cobrado, tanto que el precio de los esclavos bajó a niveles nunca vistos y descendieron los del trigo y de la carne; pero las cosechas se reponen en un año, la cabaña en tres o cuatro y las mesnadas en media docena. No consolidar el terreno abandonado por el enemigo tras la derrota, significa malograr la victoria. Después de Zallāqa (Sagrajas), Toledo no se hunde, sino que crece, y pocos años después brillará con el esplendor cultural de la época del arzobispo Don Raimundo.

En el tercer período, la batalla de las Navas de Tolosa informa del peligro de los planteamientos islámicos defensivos, tan lejano de las explotaciones fulminantes y rápidas atribuidas tanto a Jalīd y ‘Amr en Oriente como a Mūsá y Tāriq en al-Andalus.
En las Navas el ejército almohade esperó al cristiano confiado en su superioridad numérica y su mejor situación estratégica; cuando los cristianos obviaron esta última mediante otra vía de penetración y contrarrestaron la primera con un ataque al centro de la línea musulmana, el ejército almohade se encontró sin reservas tácticas que le permitiese contraatacar; de aquí que las bajas fuesen muchas y el botín importante.

Sólo los nazaríes supieron organizar, debido a su misma debilidad una defensa escalonada, una estrategia elástica y una táctica adecuada pero ya frente a un enemigo cada vez más poderoso. Cuando los Reyes Católicos decidieron crear el primer estado moderno de su tiempo, Granada se convirtió en la fruta madura que caería por sí sola para adornar el centro del escudo de las coronas unidas de Aragón y Castilla.

Los datos de bajas y botines deben leerse con muchas reservas. Los cronistas de una y otra parte hacen las cuentas pro domo sua: grandes pérdidas del enemigo y pocas propias cuando se gana, escasas pérdidas propias cuando se pierde. Hay excepciones, como el texto de Ibn Ḥayyān a propósito de la derrota de ‘Abd al-Rāḥmān III en Simancas-Alhandega. Sin embargo, las técnicas guerreras medievales proporcionaban resultados muy favorables para el vencedor, pues en el choque frontal las bajas eran reducidas por la índole del armamento; en cambio, derrotado un ejército, quedaba a merced del enemigo, ya que la infantería difícilmente podía replegarse en orden y solía ser presa de la desbandada, y la caballería pesada, al ser rebasada y rodeada por el enemigo, era fácil presa para éste. Por mucho que corriese Alfonso VI en Alarcos, según los historiadores musulmanes, más lo habría hecho ‘Abd al-Rāḥmān III en Simancas-Alhandega, donde perdió hasta su Alcorán de cabecera. Sin embargo, al igual que no existieron ejércitos que se acercasen a los 100.000 hombres (salvedad hecha de las Navas de Tolosa), tampoco fueron ciertas las bajas de centenares de miles, a las que hay que quitar uno o dos ceros. Algo diferente sucedía con los botines: un ejército derrotado no podía alcanzar sus refugios fortificados si intentaba salvar la impedimenta; además, pese a los textos teóricos sobre la guerra como ultima resolutio, en la mayoría de los casos se asolaban los campos, se robaban bienes y animales y se hacían cautivos, cautivos.

Averroes el filósofo escribe en su Exposición de la «República»: «A los griegos no les estaba permitido esclavizar a los griegos, incendiar sus viviendas y talar su arbolado; y resultaría más adecuado que esto fuese llamado disgregación y mutilación que combate; una guerra tal parece más bien una contienda intestina [= fitna] entre miembros de una misma familia o entre amigos [...], debiendo hacer respetar las normas, evitando la destrucción de los hogares, la tala del arbolado y la toma de esclavos [...]. Sin embargo, es lícito someter a los infieles a esclavitud y desbastar sus tierras».

En el caso de las guerras entre musulmanes y cristianos en la península Ibérica no se trataba de infieles, pero la práctica fue que la «gente del libro» fuese tratada como infieles. Asi, Ibn Huḏayl utiliza un concepto extensivo de infiel y escribe: «Es lícito incendiar las tierras del enemigo y sus granos, matar sus acémilas, cuando el musulmán no puede apoderarse de ellas, y talar sus árboles, destruyendo sus ciudades; en una palabra: hacer todo cuanto permita abatirlo, con tal de que el imām considere adecuadas dichas medidas que permiten adelantar la islamización [del enemigo] o debilitarlo. Pues, en efecto, todo ello contribuye a rendir al enemigo por la fuerza o a debilitarlo». Ciertamente, los cristianos hicieron otro tanto; pero ahora tratamos exclusivamente del Islam andalusí.

NOTAS:

2 En algunos textos se la cita como Roma, pero por la situación geográfica conviene identificarla con la alquería de Romilla (Rumīya: cristiana), cerca de la vieja aldea de Asquerosa, hoy rebautizada con Valderrubio por mor del significado habitual del nombre viejo, y en honor del tabaco rubio, el nuevo.
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Donna Ysabel de Montblanc

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